Sexo Express en tiempos de Erecciones- Elecciones
(por Pepe Jot)
Atendí en mi consulta a Mariana, una hermosa veinteañera de ojos verdes y labios gruesos, a lo Angelina Jolie versión latinoamericana. Mariana es una estudiante de teatro, sexy e histriónica. Es una mujer fashion, ondera, camaleónica: juega con la estética, el maquillaje y la vestimenta. Usa el pelo azul. Sin vergüenza alguna, plantea su obsesión: acostarse con un representante de cada uno de los cuatro comandos presidenciales en disputa. La bella Mariana desea comprobar una descabellada tesis: ¡el poder sexual es más trascendental que el poder político! Dice que esta será su acción de arte díscola, desquiciada, anti-sistémica pero democrática. Su frase del bronce queda impregnada en mi memoria: “Soy una fogosa votante que idolatra a los machos de los partidos políticos, me inscribí para ejercer mi derecho feminista a la diversidad política, erótico y sexual”.
Mariana, con total desplante me narra su primera conquista: “El sábado en la noche, me di una vuelta por el Liguria (el Lijuria). Este popular y taquillero bar de Santiago, se ha transformado en una especie de Sede del comando del candidato presidencial independiente, Marco Enríquez- Ominami, MEO. El lugar estaba atiborrado de contertulios deseosos de trabajar por MEO, de besar a MEO, de sobarle el lomo a MEO. La euforia colectiva se encuentra en su punto de ebullición. El antro está colapsado de asistentes que consideran a su Líder, como el Barak Obama chilensis.
Me visto con una provocativa mini falda con un peto verde limón fosforescente. Me siento, estratégicamente, en la barra junto a un chico guapo con pinta de intelectualoide en jeans y mangas de camisa. Para seducirlo, lo miro a los ojos, lengüeteándome los labios, acariciándome las piernas, tirando el vil anzuelo que no falla. Él minito rico me observa de reojo, con timidez. Comienza a excitarse. Le hago cambio de luces, dando luz verde al libertinaje corpóreo, metiéndole conversa. Me dice que se llama Simón, que es el fotógrafo oficial de MEO. Usa gel y tiene el mismo gesto de su líder para arreglarse el pelo, pienso, que quizás esas cosas se pegan. Me enseña una foto de una “Garra de León”: la flor más hermosa del desierto florido chileno, le da un beso a la imagen y me la obsequia. Guardo la foto en mi cartera. Sus amigos nos miran con picardía: odian e idolatran a su patner, a esa latura, lo consideran como uno de los suertudos que se sacó el Loto. Me siento la flor más deseada de la noche.
Pedimos unos pisco sour. Nos acabamos los tragos velozmente. Pedimos otra ronda, luego otra y otra más. En un par de horas estamos bajo los efectos de una desenfrenada borrachera. Nos reímos por cualquier estupidez, nos miramos, fogosamente. Simón pega su escultural cuerpo junto al mío. Apoya su cabeza en mi hombro. El hálito a pétalos de rosas descompuestas de su boca, me embriaga con su dulce veneno. Nos besamos, efusivamente, acariciándonos los cuerpos. Introduce sus grandes manos bajo mi diminuto calzón, abriéndose paso hasta mi sexo ardiente, jugoso. Con la otra mano me acaricia mis puntiagudos senos. Me suplica que vayamos a un motel, que no aguanta mas, que desea de forma, urgente hacer el amor hasta desmayarse de placer. El alcohol ha transformado a Simón en un tipo canchero: sonríe como un payaso lujurioso. Simón paga la cuenta. Salimos hechos un rayo. Trepamos a un taxi deslizándonos por Pío Nono hacia las profundidades del Barrio Bellavista. Paramos en el primer motel que vemos: una casona vieja a punto de desmoronarse. Reservamos un atelier. Entramos, nos desnudamos, casi arrancándonos la ropa.
Simón es sensible, tímido: un caliente reprimido, un mamón. Nos besamos, intensamente, activando la chispa de la pasión animal. En mi rol de hembra fogosa, de mujer fatal, mordisqueo el lóbulo de su oreja: Simón se estremece. Beso su grueso cuello. Eriza sus poros sudorosos. Huele a una mezcla afrodisíaca entre mandarina y azafrán. Bajo, lentamente, hasta su ombligo. Introduzco la punta de mi lengua: Simón, gime, se contorsiona. Me coge la cabeza, llevándome ansiosamente hasta su entrepierna. Simón contrae los músculos del estomago, estalla en mil pedazos en mi boca. Bebo el néctar de su pene volcánico. Succiono las cosquillas de su desierto florido. Para cargar energía, bebemos un ron de dudosa procedencia fumando ansiosamente. Estamos listos con el break.
Le pido que me monte. Abro las piernas, ofreciendo la urna. Me penetra con su voto duro. Clava sus uñas en mi espalda. Simón, el goloso, se corre por segunda vez. Arroja sus dardos de fuego en la papeleta de mi vientre.
Soy la Díscola de los ojos ardientes. Para zafar, lo abofeteo, lo insulto. Le digo que es igual a mi ex pololo, igual que todos los hombres: “prometen, prometen hasta que lo meten”. Le grito que se que me va abandonar. Que todos me usan y me abandonan. Con esta actuación magistral, me siento evangelizando con el sexo, la política contingente, saneando la historia-histérica de Chile hot Simón se pone a llorar. Me dice que soy la princesa que está buscando, la candidata de su corazón, la Presidenta de sus besos. Que está dispuesto a pertenecer a mi partido sexual, a cuidarme y jugársela por mi. Le digo que es tarde, que debo irme. Me despido y salgo a la calle. Montada en un taxi, me diluyo por las calles de Santiago. El próximo fin de semana, continuaré ejerciendo mi “derecho cívico”, evangelizándome con un miembro del comando de Sebastián Piñera, de Arrate o del conglomerado de Frei. Me teñiré de rubia, de morena y pelirroja, respectivamente. “Vivir, votar, follar y amar: que sublime condena, democrática chilena”.
Termina la hora de Mariana. Le digo que debo verla en terapia una vez por semana, que está en la típica conducta obsesiva de la “adolescente rebelde come-hombres” necesitada de ternura y afecto masculino. Me dice que esta saga continuará, que aun le faltan 3 comandos por recorrer, que al final, decidirá a cual candidato le regala su poto, digo su voto. Sonríe con una mueca pícara y luego, sale dichosa de mi consulta, moviendo sus atractivas caderas díscolas. Sufre de soledad interior y grandiosidad sexual.
En el lado oscuro del poder y deseo sexual, Eros arroja sus dardos de fuego sobre los poderosos y Afrodita es capaz de volverlos locos de remate. En los anales de la historia existe una nutrida lista de poderosos y famosos que sucumbieron por culpa de la sexo ardiente de las mujeres: El Presidente Kennedy y su aventura amorosa con el mayor icono sexual de la historia: Marilyn Monroe; El Che Guevara y su aventura con Tania, La Guerrillera y muchas otras; Fidel Castro a quien apodan “el Potro” por su mitológica fogosidad sexual; Bill Clinton y su escandalosa aventura o “relación no apropiada” con la becaria Mónica Leiwinsky en la sala Oval de la Casa Blanca; John Lennon y su obsesión sexual con Yoko Ono, mujer culpable para muchos fans de la destrucción de The Beatles y que decir del Presidente Italiano Berlusconi y su adicción al sexo con prostitutas caras. En fin, la lista es larga.
Según José Ortega y Gasset, “El hombre se diferencia del animal en que bebe sin sed y ama sin tiempo”. Es verdad, el instinto sexual es uno de los más poderosos, después del apetito y la sed “humanas”. El poderío sexual le gana al poder político. En nuestra sociedad actual, la mujer que tenga cogido a su hombre por los “cocos”, es capaz de ejercer el poder psicológico, físico, financiero, social y político sobre él, si se lo propone. Una teoría en relación al poder sexual femenino es que las mujeres son víctimas de una sociedad patriarcal, ciudadanas de segunda clase, sin derechos, que ganan menos dinero; que están subestimadas, culturalmente, por ser consideradas mujeres-objeto. Mariana ha llegado para romper esa ley, ese mito añejo con olor a naftalina. La bella Mariana pertenece a la nueva camada de hembras que gobernaran el planeta con el “triangulo de luz” de sus poderosos vientres de fuego. No se olviden de escribirme y contarme sus historias. Gracias a todas las lectoras (es) que me han escrito. Besos y abrazos, Pepe Jot.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
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