miércoles, 13 de octubre de 2010

Ciber Amor


Observó con apatía descarnada el correo electrónico que contiene la invitación de una fan cibernauta. La musa desconocida le solicita transformarse en “la nueva amiga Facebook”. Para Dante Alegría, escritor en fuga, no existía el menor interés por contactar a nadie, menos aun si huele a chips, a disco duro, a Internet. Siempre borra los correos “desconocidos”, automáticamente, sin siquiera leerlos. Los considera “basura-quema-minutos”: es su escudo para no dejarse contaminar por la tecnología de las comunicaciones con su aplastante voyerismo farandulero, con el maldito y obsceno horror invasivo. Todo con el fin de resguardar el preciado tiempo “Anti Calentamiento Mental”. Extrañamente, una agradable cosquilla recorrió su piel emocionada. Un hormiguero volcánico le quemó la sangre por dentro. Experimentó una profunda catarsis, una especie de transitoriedad que fue mutando de la sorpresa hacia las catacumbas de la melancolía, sin máscaras, sin miedos, a corazón abierto.

Preso de un cuadro de arritmia multicolor abrió el correo. Leyó el mensaje: “Te leo hace años. Soy tu fans incondicional. Me gustaría conocerte. Podríamos taparnos los ojos tapados…hablar sin tocarnos, sin estar obligados a nada y a todo. El dolor cura el dolor. Bso en el ombligo, Dulce Amor”.

Dante Alegría abrió los postigos de la ventana de su modesta cabaña hecha con puertas y vigas de demolición. Saboreó el horizonte marino, instalado en la nebulosa del eclecticismo crónico. Rumoroso, observó con sus ojos verde pasto al enjambre de albatros salados arrojándose en picada en busca del cardumen, del desayuno mañanero de sus insaciables tripas como las suyas. Respiró hondo. La brisa húmeda, impregnada de salmuera, invadió la virilidad de sus pulmones. “El dolor cura el dolor”.

Escuchó la melodía de las olas. Un placentero éxtasis penetró en sus tímpanos. El salvajismo incontrolable del océano, estallando contra el roquerío, bajo el acantilado de la guarida, lo ensalzaba con el elixir de la digresión. Reflexionar frente al mar lo hacía sentirse diminuto, una pulga libre de su propia jaula, feliz como un lombriz, con paz tibetana. Miró por el cristal roto, las doradas arenas de la playa solitaria lengüeteando el pubis inalcancalzable de la matriz del universo.

Dante Tristeza y su presente podrido, soñando cumplir su gran proyecto de libertad: vivir como un ermitaño en una playa del norte chileno para escribir una “Novela Cabrona sobre la Revolución del Clítoris, del Prepucio”. Un libro tierno, caliente, crudo y luminoso, que de paso, de forma ácida, desmenuce el egoísmo humano. Que tarea más difícil: Parir una obra literaria capaz de plasmar el más trascendental sin-sentido de la existencia: encontrar al verdadero ser amado, el amor maduro, la anhelada e indestructible cosquilla de a dos, para desnudar el alma como una cebolla que ya no te haga llorar.

Dante, le envío un email: “Dulce Amor: Estamos condenados a la distancia geográfica. Seamos “novios virtuales”, ciber-amantes. Una relación basada en el Ciber Amor. Besos, Dante Alegría, el escritor ingobernable”.

A los tres meses, Dante Alegría decidió conocer a Dulce Amor. La primera vez que la vio traía puesto un vestido de flores. Se veía más atractiva que en fotografías. Se abrazaron, emotivamente. Dante pudo saborear el aroma mágico de los pétalos de rosas destellando de la piel morocha de Amor. El humus del primer contacto, se mezcló con el radiante hálito de la eterna primavera, abriendo los pestillos de los ardientes corazones cibernautas. Y, en un ataque de risa incontrolable, se amaron intensamente. El que se arriesga a amar, logra el Paraíso de la Ternura indestructible sin miedos.

miércoles, 25 de agosto de 2010

“HOT-EROS” POP


(por León Pascal)


Me confieso exhausto, decepcionado, desencantado en esta búsqueda obsesiva y estúpida del “gran y verdadero amor ideal en edad madura”. Tengo más de cuarenta años. Llevo impresas en la piel las cicatrices de una cruda y dolorosa separación matrimonial, hecha trizas por el egoísmo y el egocentrismo mutuo post-moderno. Y para más remate, soy padre de tres adorables hijos que debo sacar adelante a como de lugar. He buscado, enfermizamente, en la vitrina de la carne, en el basto zoológico de féminas carentes de amor, de todas las edades, colores, gustos y sabores, alguna compañera, patner que desee recobrar los sueños de la ternura de a dos. Pero no aparece.

Lo sé y lo tengo clarísimo: las cosas llegan, indudablemente, cuando dejas de buscarlas. Aprender a soltar las riendas de la vida: ley universal que no falla. El amor, intenta, una y otra vez, con un sin número de señales en acercarse a nosotros, pero, por desgracia, la naturaleza defectuosa de nuestra terquedad humana, aleja la ocasión de cruzarse con la “media naranja” idolatrada, la musa que cicatrice el aporreado corazón egótico. El gran enemigo del verdadero amor: somos nosotros mismos, los soberbios repletos de rollos, rollos, rollos. ¡Que lata y que horror! Vivimos en la era de los “hot-eros” pop: una raza de machos inseguros que nos juramos “eróticos” y “populares”, pero tan sólo somos sexualmente unos calentones desenfrenados: unos taladros con patas. En vez de “hot-eros”, las minas deberían llamarnos “joteros”. Seres básicos que desean follar con todas, en cualquier lugar, a cualquier hora, en una promiscuidad deplorable y agotadora. No lo digo cartuchamente, con moralina potijunta. Es más bien, una especie de mea culpa personal. Una forma de hacer catarsis, para intentar, sanearme e intentar volver a ser feliz. Sólo o acompañado.

El gran error es que he buscado afuera, lo que está adentro. El gran aprendizaje de la madurez humana es conocerse uno mismo. Asistí a cursos de crecimiento interior, a terapias grupales e individuales, a todo tipo de charlas, a sesiones de risoterapia, yoga, gimnasio, masajes. Nada ha servido para detener el erotismo pop que domina mi mente. Esa calentura inapagable, depredadora que se alimenta de carne, huesos, sonrisas, besos, cosquillas, sexo y fluidos. Nada ha logrado correr el velo del frenesí para obtener la anhelada paz espiritual. Lo que he aprendido es que el amor no es una vagina con un nombre. El amor no es ser los dueños de un pubis o de un prepucio. Ahí radica la mayor esclavitud del amor: pensar que dominar al otro es amar. Cuando dejas libre a la persona que amas para crezca y sea lo que quiere ser: haz logrado amar por primera vez. Aunque se aleje de ti. Cuesta entenderlo, pero es así: nadie es de nadie, todos somos de todos. El amor es un proceso que nace, crece, se desarrolla, se marchita y muere. Y de esas negras cenizas surge el abono para que germinen otras semillas, otras flores, otros arco iris, otras caras, otros olores, otras sonrisas, otros sueños, otras oportunidades.

Las pequeñas e invisibles grandes cosas de la vida son tesoros luminosos que hay que aprender a develar, a descubrir, a conquistar. Pero sobre todo a cuidar para que no se marchiten. Sin ser masoquista, por desgracia, la luz del alma fluye en etapas de dolor, de pérdida, de decepción. Las crisis son oportunidades de fortaleza, crecimiento, superación.

He pensado de forma radical en largarme de Chile, de una vez por todas. Considerarlo un país fome, plano, frío, falso. Mis amigos me dicen que es la típica fuga geográfica del sujeto despechado, desencantado. No se. No creo que sea eso. No soy feliz aquí, ni conmigo La culpa de todo lo tiene la supuesta infelicidad. La felicidad se ha transformado en un producto comercial. Se confunde alegría con felicidad, siendo dos estados anímicos, completamente, diferentes. Se vende el pasarlo bien a cualquier costo: disfrutar la vida a concho, como dice el ideario colectivo, la masa de consumidores, la audiencia, la opinión pública. La alegría social está sobre valorada, sobre vendida, putrefacta. La gente sufre al compararse con el del lado: el supuesto ganador, “el que supo hacerla”. Como no existe serenidad ni paz interior, el sexo es un sedante-paradisíaco pero volátil. Los orgasmos son la búsqueda química de una felicidad artificial incolora e in-sabora. No podemos pretender que los polvos de alcoba muten en polvos mágicos capaces de inmortalizar nuestro dolor, nuestro eterno vacío. Un asado, un concierto, una fiesta con copete es la autorrealización del tercermundista promedio para sentirse en el paraíso del presente. Que básico, que ramplón, que deplorable.

El mata-mosca-mental es dejar que la vida y el destino hagan su magia. Creer que la ternura, será capaz de ganarle al odio, a la ira, al resentimiento. Que para perdonar al otro, debemos perdonarnos primero nosotros mismos. Que no hay cosas inolvidables, ni inalcanzables. Que creer es poder. Que lo cool es el silencio y no el ruido. Que para mirar al de al lado con una lupa, hay que mirarse primero en un espejo. Que cuando se cierra una puerta, se abre otra. Que a nadie le falta Dios. Que en la Vid del señor hay un sin números de animalitos, diversos y dispersos para aprender de sus errores. Que el amor existe si dejas de buscarlo. Que el ser amado no es un pedazo de carne con un nombre. Que el Amor verdadero es una luz indestructible para no sucumbir de nuestra propia oscuridad llamada soledad.

NUEVO REALITY SHOW: “LOS 33”



El tema de “los 33” mineros nortinos atrapados en la mina San José es una excelente radiografía sociológica de cómo somos en este lejano país compuesto por alrededor de 16 millones de habitantes. La sobre utilización de la tragedia humana por parte de los medios de comunicación se ha transformado en un verdadero reality show. Transmisiones de TV en vivo las 24 horas: que manera tan deplorable de colgarse del dolor de los pobres y explotados del modelo neoliberal tercermundista. No deja de asombrar, la necesidad imperiosa del pueblo chileno por este tipo de situaciones domésticas, que permiten dar rienda suelta al nacionalismo exacerbado, al chovinismo folclórico tricolor, a puertas del bicentenario.

En una estrategia comunicacional notable del actual Gobierno, el mismísimo Presidente de la República, Don Sebastián Piñera Echeñique, mostró en vivo y en directo, el papel escrito en letras rojas enviado a la superficie por los sobrevivientes tragados por las entrañas de la tierra, adherido a la sonda de perforación: “Estamos bien en el refugio, los 33”. En Plaza Italia, al igual que en distintos rincones de Chile: la gente se volcó a las calles a celebrar eufóricamente como si hubiésemos ganado el Mundial de Fútbol o las Olimpiadas. Familias enteras en auto tocando bocinas. El pueblo busca su identidad en diversos símbolos: en una bandera rescatada del barro después del terremoto. El dueño de ese género agujereado se pasea actualmente con el estandarte buscando protagonismo fuera y dentro de Chile.

Los canales nacionales sólo se han dedicado a mostrar el tema de los mineros. Existe cero aporte a la cultura, a la educación e incluso al entretenimiento. Hoy en día, ver televisión es como tomar unos binoculares y fisgonear por las ventanas de los vecinos. La euforia colectiva se origina por razones individualistas: necesitamos creer que pertenecemos a un grupo, a una causa, a algo más fuerte y poderoso que sólo nuestro frágil metro cuadrado.

Noticias como la de los mineros hace que los chilenos recobremos la esperanza perdida. Que el Estado logre rescatar al grupo de “los 33” desde los 700 metros de profundidad, es el crudo reflejo del gran sueño patriótico: que cada uno de nosotros podamos salir de nuestros propios hoyos negros en los cuales sobrevivimos con tanto malestar. ¡Fuerza mineros…Viva Chile, mierda!

lunes, 21 de junio de 2010

Ovarios de Fuego




Weona, no me vaí a creer lo que me pasó en el Alto de Las Condes. ¡Me topé con Juan Carlos Stevenson, mi primer amor, después de diez años, galla! Maca, yo iba subiendo al tercer nivel, por la escalera mecánica, cuando siento que me abrazan por atrás. Luego, una gruesa mano se apoyó en mi guata y el dueño, me dice al oído, con voz hot: “¡no he podido olvidarte, Ovarios de Fuego!”. Me puse pálida, quedé muda. Me di vuelta. Era el Juani Stevenson. Me puse roja, como salsa de tomate, por culpa de su piropo. Fue una mezcla poética, cursi, casi flayte, pero sugestiva. El tiempo transcurrido en la escalera, “con él”, pegándome el paquete en el poto, se me hizo una grata eternidad. Desgraciadamente, saltamos al pasillo. Nos dimos vuelta. Me abrazó de frente, con sus musculosos biceps, triceps. Me dio un beso cuneteado en la comisura de la boca. Casi me derrito, galla. ¡Está más rico que nunca! Nos fuimos a tomar un café. Es un publicista exitoso: trabaja en una empresa americana top. Eso si, lo único malo es que está casado y tiene una hijita. Nos bebimos el café con unas ganas de darnos como caja. Me anotó su celular en una servilleta y se fue. No sé si volver a verlo: la tentación de la carne puede ser demasiada dolorosa si revivimos los fantasmas del pasado. Aunque, por mi lado, ya superé toda la mala onda que pasó entre nosotros.

¡Imagínate, Maca, encontrarte con el amor de “la primera vez”. Con el hombre con el que perdiste la virginidad. Con el tipo con el que te embarcaste en el amor ciego, sin retorno, de forma enfermiza, con locura obsesiva. Maldita calentura: crónica, incurable, progresiva y mortal. No es un tema menor: es como el primer beso, jamás se olvida. Weona, pídete otros dos pisco sour, pero no tan cabezones, estoy media curadita. Esta historia tiene pa’largo. Me tenís que prestar tus orejas. Perra, déjate de observar tan coquetamente a esos minos que están instalados en la barra. Ya caché que nos miran con ojos de buitre, se creen bacanes. Están más calientes que hervidor eléctrico. Chao, no pesquís, weona, que lo que te voy a contar es el climax de mi despecho. Que nos espere El Liguria con su lujuria. La noche recién comienza.

Maca, yo tenía quince años y Juan Carlos, veinte, cuando nos enamoramos, profundamente. Era el chico más guapo, sexy y deseado del ambiente fiestero, donde circulaba con mis amiguis. El flechazo fue instantáneo. Bailamos toda la noche. Me besó en la boca metiéndome su lengua hasta las amígdalas. Atracamos sin parar. Me pidió pololeo, de una. Me pegó un fuego en la boca. Se apoderó de mi cuerpo, el arma más mortífera de la adolescencia: el crepúsculo de la revolución sexual, el despertar de la pubertad. Juan Carlos, introducía sus grandes manos calientes, abriéndose camino entre mi mata de pelos. Me frotaba el clítoris, magistralmente, como un gurú. Me metía el dedo en la vagina con pasión animal. Me masturbaba, haciéndome acabar, mojándome, desatando el libido de mis hormonas rebeldes. Yo le provocaba una enorme inflamación en sus pantalones, acompañado del estallido inevitable en sus calzoncillos. Se propuso arrancarme la flor anidada en mi entrepierna, cuidada tan sigilosamente por mis padres, cartuchos, mojigatos, conservadores.

Weona, al mes de pololear con él, después de tantas predicas y ruegos, decidí dejarlo que “rompiera la piñata” y se anotara una medalla en su ego de macho conquistador. Para ese inolvidable momento, me puse mis bellos y más amados calzones con corazoncitos: mis preferidos. Vos cachai, Maca, para perder la virginidad, hay que producirse, hay que llevar puesta la ropa interior que uno más ama. Me vestí putonamente, con una minifalda cortísima, un peto verde limón sin sostenes y chalas. Fue un weekend, en su departamento, sus papás estaban en la playa. Me desnudó. Me lamió hasta hacerme terminar en su boca. Se puso un condón. Se subió arriba mío. Me lo metió, suavemente, taladrándome las tripas con su enorme pene erecto. ¡Me dolió más que la cresta, weona! Sentí que algo se desgarraba en mi interior. Un río tibio de sangre escurrió a través de mis piernas. Me puse a llorar, no se si por dolor, por culpabilidad o de pura felicidad. Juan Carlos bramaba como un toro semental montado sobre mi, repleto de sudor, como un caballo de carreras, desquiciado al profanar mi inocencia. Eyaculó, abundantemente, entre gemidos guturales. Tuve mi primer e intenso orgasmo, clavándole las uñas en la espalda. Me sumergí en un remolido de placer, en una espiral de cosquillas y arco iris de colores: delicioso, sublime, inolvidable. Después de echarme tres polvos seguidos, el Juani, me dijo al oído: “Ovarios de Fuego”. Nunca se me olvidó ese apodo.

Cuando nos vestimos, nos percatamos que en su sábana blanca había quedado una perfecta mancha-roja-redonda. Una obra artística. Juan Carlos, sacó la sábana, buscó unas tijeras y recortó un cuadrado blanco con el circulo rojo al medio, como si tratara de la bandera de Japón. La colgó en su pared, en la cabecera de su cama. Eso en vez de provocarme pudor, vergüenza, lo encontré romántico, creativo, jugado de su parte. Me dijo que esa mancha de amor era el pergamino, el recordatorio del tesoro inolvidable que le había regalado: mi cuidada virginidad.

Al dejar de ser virgen, me obsesioné. Vos cachaí, Maca, me brotó la calentura desatada de la mina cachera, al mutar de niña a mujer fértil. Cuando una prueba el loly, ya no lo puede dejar: es peor que el cigarrillo. Weona, una se vuelve adicta al pico, esclava:¡ Es que es tan rica la weá! Una con el prepucio adentro, se siente como perro con cola nueva, como niño con jueguete recién regalado. Hay un antes y un después del pico. Pero, sigo: con Juan Carlos, follábamos todo el santo día, en todas partes y en todas las posiciones imaginable. No te riá, maricona, no te hagaí la cartucha: vos eres como gaviota para la tripa con el fukin-fukin.

Maca, el tema es que –esta parte no se la he contado a nadie-bueno, de tanto tirar con Juan Carlos, al muy pavo se le rompió el condón: me dejó embarazada, weona. Hace diez años atrás, no existía la “Píldora del Día Después”. Casi me muero, pensé hasta en suicidarme. Cuando le conté, Juan Carlos se enojó, me gritó, me pegó una cachetada. Me convenció para que abortara. Se consiguió la plata y me llevó a una clínica clandestina de abortos. Me hicieron un raspaje. Me sentí moralmente una asesina. Odié a Juan Carlos, lo pateé. Decidí no verlo más. Quedó súper cagado. Se enganchó en las drogas y el copete. Rayó la papá, heavy. Su familia, lo mandó a estudiar a Estados Unidos. Caí en una profunda depresión endógena de tres años. A raíz de esta experiencia de despecho, decidí hacer sufrir a los minos: seducirlos, enamorarlos y patearlos. Me volví una perversa. Jodí psicológicamente a una docena de potros chúcaros.

Pero, bueno, Maca: la vida tiene que seguir y la fiesta también. Gracias por escucharme: me desahogué caleta. Ahora pidamos otra ronda de pisco sour, pero bien cargaditos. Tanto hablar del pasado, me puso caliente. Perrita linda: llegó el momento de engrupirnos a los minos califas de la barra. Oye, Maca: “si cobráramos por todos los polvos que nos hemos echado: ¡seriamos súper millonarias! Nunca es tarde para volverse una puta profesional, te lo dice tu amiga: Ovarios de Fuego”. Jaja.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

RADIACION ULTRAVIOLETA EN EL MIOCARDIO

El 21 de septiembre comenzó formalmente el inicio de la Primavera en Chile. Y una bella modelo en su rol de metereologa de un canal de TV comenzó a darle al tema de la “radiación ultravioleta” con voz de alarmista. Mirándole las generosas curvas anatómicas me pregunté cuantos corazones ha roto con su radiación corpórea y su corta edad. Le puse al bombon sexy de nombre ficticio Violeta, la Ultravioleta de la Caja Idiota. Como un anónimo teleespectador le encontré onda de dermatóloga: está más preocupada de las cremas y los bloqueadores solares que del clima y el tiempo del terruño patrio. El tiempo y el espacio van juntos y son inseparable como lo dijo Einstein. Y la bella musa Ultravioleta con su “espacio hablando del tiempo” sin conocer a Albert. Ella sabe que vale oro gracias a su cuerpo y que se merece ese nicho al final del noticiero. Predica sobre la radioctividad teniendo conciencia de que provoca algo peor que eso en nosotros los varones frente a la pantalla. Ella genera la peor de las radiaciones: la calentura virtual. Y eso si le sube la temperatura al termómetro de los corazones tristes de los esclavizados por la tele analógica que será en tres años digital. No importa que los ejecutivos se sobajeen las manos al final del día gracias a los sondeos o mediciones del rating on line. Más que menos pertenezco a la masa de individuos llamados "público", audiencia, triturados por el people mater. Ufff, me duelen las minas ricas inalcanzables: soy incapaz de negarles mi sintonía y menos, la radiación ultravioleta de mi corazón. Jajajaja.
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