
(por León Pascal)
Me confieso exhausto, decepcionado, desencantado en esta búsqueda obsesiva y estúpida del “gran y verdadero amor ideal en edad madura”. Tengo más de cuarenta años. Llevo impresas en la piel las cicatrices de una cruda y dolorosa separación matrimonial, hecha trizas por el egoísmo y el egocentrismo mutuo post-moderno. Y para más remate, soy padre de tres adorables hijos que debo sacar adelante a como de lugar. He buscado, enfermizamente, en la vitrina de la carne, en el basto zoológico de féminas carentes de amor, de todas las edades, colores, gustos y sabores, alguna compañera, patner que desee recobrar los sueños de la ternura de a dos. Pero no aparece.
Lo sé y lo tengo clarísimo: las cosas llegan, indudablemente, cuando dejas de buscarlas. Aprender a soltar las riendas de la vida: ley universal que no falla. El amor, intenta, una y otra vez, con un sin número de señales en acercarse a nosotros, pero, por desgracia, la naturaleza defectuosa de nuestra terquedad humana, aleja la ocasión de cruzarse con la “media naranja” idolatrada, la musa que cicatrice el aporreado corazón egótico. El gran enemigo del verdadero amor: somos nosotros mismos, los soberbios repletos de rollos, rollos, rollos. ¡Que lata y que horror! Vivimos en la era de los “hot-eros” pop: una raza de machos inseguros que nos juramos “eróticos” y “populares”, pero tan sólo somos sexualmente unos calentones desenfrenados: unos taladros con patas. En vez de “hot-eros”, las minas deberían llamarnos “joteros”. Seres básicos que desean follar con todas, en cualquier lugar, a cualquier hora, en una promiscuidad deplorable y agotadora. No lo digo cartuchamente, con moralina potijunta. Es más bien, una especie de mea culpa personal. Una forma de hacer catarsis, para intentar, sanearme e intentar volver a ser feliz. Sólo o acompañado.
El gran error es que he buscado afuera, lo que está adentro. El gran aprendizaje de la madurez humana es conocerse uno mismo. Asistí a cursos de crecimiento interior, a terapias grupales e individuales, a todo tipo de charlas, a sesiones de risoterapia, yoga, gimnasio, masajes. Nada ha servido para detener el erotismo pop que domina mi mente. Esa calentura inapagable, depredadora que se alimenta de carne, huesos, sonrisas, besos, cosquillas, sexo y fluidos. Nada ha logrado correr el velo del frenesí para obtener la anhelada paz espiritual. Lo que he aprendido es que el amor no es una vagina con un nombre. El amor no es ser los dueños de un pubis o de un prepucio. Ahí radica la mayor esclavitud del amor: pensar que dominar al otro es amar. Cuando dejas libre a la persona que amas para crezca y sea lo que quiere ser: haz logrado amar por primera vez. Aunque se aleje de ti. Cuesta entenderlo, pero es así: nadie es de nadie, todos somos de todos. El amor es un proceso que nace, crece, se desarrolla, se marchita y muere. Y de esas negras cenizas surge el abono para que germinen otras semillas, otras flores, otros arco iris, otras caras, otros olores, otras sonrisas, otros sueños, otras oportunidades.
Las pequeñas e invisibles grandes cosas de la vida son tesoros luminosos que hay que aprender a develar, a descubrir, a conquistar. Pero sobre todo a cuidar para que no se marchiten. Sin ser masoquista, por desgracia, la luz del alma fluye en etapas de dolor, de pérdida, de decepción. Las crisis son oportunidades de fortaleza, crecimiento, superación.
He pensado de forma radical en largarme de Chile, de una vez por todas. Considerarlo un país fome, plano, frío, falso. Mis amigos me dicen que es la típica fuga geográfica del sujeto despechado, desencantado. No se. No creo que sea eso. No soy feliz aquí, ni conmigo La culpa de todo lo tiene la supuesta infelicidad. La felicidad se ha transformado en un producto comercial. Se confunde alegría con felicidad, siendo dos estados anímicos, completamente, diferentes. Se vende el pasarlo bien a cualquier costo: disfrutar la vida a concho, como dice el ideario colectivo, la masa de consumidores, la audiencia, la opinión pública. La alegría social está sobre valorada, sobre vendida, putrefacta. La gente sufre al compararse con el del lado: el supuesto ganador, “el que supo hacerla”. Como no existe serenidad ni paz interior, el sexo es un sedante-paradisíaco pero volátil. Los orgasmos son la búsqueda química de una felicidad artificial incolora e in-sabora. No podemos pretender que los polvos de alcoba muten en polvos mágicos capaces de inmortalizar nuestro dolor, nuestro eterno vacío. Un asado, un concierto, una fiesta con copete es la autorrealización del tercermundista promedio para sentirse en el paraíso del presente. Que básico, que ramplón, que deplorable.
El mata-mosca-mental es dejar que la vida y el destino hagan su magia. Creer que la ternura, será capaz de ganarle al odio, a la ira, al resentimiento. Que para perdonar al otro, debemos perdonarnos primero nosotros mismos. Que no hay cosas inolvidables, ni inalcanzables. Que creer es poder. Que lo cool es el silencio y no el ruido. Que para mirar al de al lado con una lupa, hay que mirarse primero en un espejo. Que cuando se cierra una puerta, se abre otra. Que a nadie le falta Dios. Que en la Vid del señor hay un sin números de animalitos, diversos y dispersos para aprender de sus errores. Que el amor existe si dejas de buscarlo. Que el ser amado no es un pedazo de carne con un nombre. Que el Amor verdadero es una luz indestructible para no sucumbir de nuestra propia oscuridad llamada soledad.

