sábado, 3 de octubre de 2009

Adicciones múltiples (el reality show)

En pleno año 2100, el egocentrismo se ha vuelto el ácido sulfúrico de las adicciones modernas: un hit del pánico con su veneno mental. En H20, el Imperio de los Yacimientos de Hielos Antárticos, sobrevive una generación de jóvenes iconoclastas de elite, atrapados en las garras de una enfermedad abominable, impulsiva y compulsiva. Y ese tóxico caldo de cultivo en el cerebelo, muta en diferentes obsesiones, alimentándose como un demonio negro con su atractivo cruel e irreprimible.

En la errada búsqueda de la libertad, los adolescentes nos hemos transformado en adictos a algo. Para nosotros es un dulce y sagrado veneno, que en su fase terminal carcome cuerpo, mente y alma. Levantas un ladrillo y encuentras enjambres, manojos de sufrientes adictos y adictas. Los hay a las sustancias, a las personas y las relaciones patológicas, al sexo compulsivo y la pornografía, a la comida, al juego, al dinero, a las cirugías estéticas, a Internet, al deporte, al poder, a la literatura, en fin, la lista es dolorosamente larga, cruel y, lo que es peor, aumenta en el crepúsculo triste de nuestros miedos y ansiedades.

Los jóvenes del jet set de H2O no deseamos enfrentar las peripecias de la cotidianeidad. Las almas con código de barras, languidecemos, nos derretimos en una maraña de incomprensiones por culpa de la baja autoestima. Le tememos a los ritmos, pulsaciones y latidos de nuestros corazones enquistados con pus y costras secas. La felicidad artificial crea un fugaz placer que no logra llenar el vacío interior. Nada que hacerle: vivimos en un circulo vicioso, en un callejón sin salida de auto lamentación.

La degeneración de las castas y gethos sobrevivientes de la Guerra Bacteriológica entre oriente y occidente, exhala el vapor corrosivo capaz de amputar los sentimientos. Los Nerviosos Individualistas necesitamos, de forma imperiosa, que la pandemia adormezca el temor a los fuegos espirituales de la libertad. Nos atemoriza la democracia del amor liberal. Por miedo a cambiar el switch, optamos por la esclavitud, por la dictadura de las ideas conservadoras.

Cuando fallezca el Emperador de H20, Su Excelencia, Nuestro Guardián Terrenal, no podrá llevarse nada de este mundo: ni el nombre, ni el prestigio, ni el dinero, menos el poder. Tendrá que dejarle todo a los gusanos. El Rey del Agua se irá desnudo a vagar por el universo, dando botes de una dimensión a otra. Sin posesiones, sin éxito, sin fama, su ego arderá a lo bonzo en el Purgatorio de su crueldad histórica. Y quizás en ese preciso momento, los Sobrevivientes del Holocausto Radioactivo, convertiremos su espíritu en una flor de pétalos multicolores.

En H20, abundan los caníbales con olor a fritanga, a naftalina. Insectos indefensos arrastrando pesadas mochilas cargadas con el plomo invisible de las debilidades y defectos de carácter. Nadie quiere perder para ganar. Todos quieren ganar a cualquier costo, no aceptan perder ni medio centímetro de egoísmo. Hordas de trastos apolillados pululan por las calles. Tribus urbanas con los sueños rotos.

Vuelvo rescatado de la chicharra de mis pensamientos crípticos. El repugnante letargo químico aun circula en mis venas. Me siento mareado, podrido interiormente. Me duele la cabeza, desde la médula hasta la cuenca de los ojos. La realidad se torna confusa: sufro un severo shock al ser rescatado desde un apacible e imaginario paraíso playero hacia la cruda realidad de este imperio post-moderno sin alma.

Por unos instantes, creo estar girando al interior de una batidora: un milk shake de tripas con crema chantilly y un marrasquino en la sien, de adorno.

-¡Vivir el presente duele, el dolor pudre la mente y se vuelve insoportable!

La frase emana de una voz con tono de lija. La frase zumba sobre los rieles de una montaña rusa abriéndose paso en espiral hasta mis frágiles tímpanos. La luz externa incomoda los ojos. Refriego los párpados, enfoco la visión, con dificultad. Me encuentro en el interior de un imponente armatoste metálico: Un Bunker.

Soy un muñeco de trapo, sentado junto a un grueso cristal blindado de la ventana de un campo de concentración. Sentada en un sillón frente a mí, hay una hermosa y sexy treintañera, dueña de una mirada inhóspita. La mujer modela una ajustada blusa y una boina roja sobre la cabeza con el slogan “adicta al sexo ”, inscrito en letras doradas. Lleva el pelo corto azabache y los labios fuertemente pintados con rouge rojo sangre. Sus manos son ampulosas y sus pies están enfundados en unas largas botas verde limón de látex que trepan como hiedra venenosa hasta sus muslos. Usa una minifalda majaderamente corta.

Somos vigilados por cámaras de televisión en cada momento.

- Soy el General Carroña, Comandante en Jefe del Bunker, el Corvo Andino, recinto militar cordillerano que ha sido re-acondicionado como Clínica de Adicciones Múltiples como soporte para este reality show. Le informo jovencito, que ha sido seleccionado como participante para ser tratado de su adicción enfermiza a la Literatura frente a los ojos de millones de espectadores. No está demás recordarle que está bajo mi custodia personal y que desde este preciso momento, tiene prohibido leer y escribir.

Carroña les acaba de anunciar el Toque de Queda a mis neuronas. Nos quedamos un rato en silencio.

-Señorito, Dante Alegría, a continuación procedo a presentarle a la primera compañera del reality. Ella es Carnívora, adicta a los hombres y las relaciones enfermizas con magíster en autodestrucción - agrega, con la soberbia heredada por la rígida formación del inescrupuloso mundo del paper miter.

Carnívora esgrime una sonrisa de hielo seco extraída con tirabuzón. Huele a desinfectante, posee una mirada rígida, de yunque oxidado. Es dueña de un candor extraño: una mezcla entre femme fatal de night club de puerto de mala muerte, mezclado con la solemnidad de una mosquita muerta capaz de extraerte el cerebro con sus largas y afiladas uñas, en un chistar de dedos.

Inspecciono de reojo a Carnívora, tazándole la anatomía. La muñeca sexy usa la camisa con tres botones desabrochados. Exhibe un generoso escote, reluciendo sus grandes pechos rellenos de silicona. Ella me observa detenidamente y luego, se lame los labios como en una abierta burla hacia un ser de alma indefensa. Abre las piernas y me enseña los calzones con dibujitos de calaveras que lleva puestos debajo de su minifalda, anoréxica. Sus hormonas sacan chispas del enchufe de su entrepierna. Es una salamandra desquiciada.

Apostado contra el vidrio, hago un ademán de asco. Carnívora se mofa en mi cara de mi timidez, brindándome una risita perversa, sádica, lujuriosa, de mercenaria criolla. Està dispuesta a ganar esta competencia televisiva.

Miro de reojo al tosco General. El tipejo es un cincuentón fornido, varonil. Usa un fino bigote. Tiene las patillas canosas, las cejas copiosas y la cara marcada de arrugas. El pigmento de sus ojos negros de vampiro chupa sangre tiene la cara de la muerte impregnada en los iris. Su pelo marcadamente corto asemeja las púas de un erizo. Calza unos elegantes mocasines de piel de guanaco .

-¡Que tierno, un Centro de Concentración transformado en hospital psiquiátrico gracias al fundamentalismo de la TV- respondo, a regañadientes, sin levantar la vista.

Al parecer no soy el único iconoclasta con la sangre podrida.

Las horas transcurren con lentitud. No dejan de grabarnos en todo momento y todo lugar.

-Me duele la cabeza...por favor, no deseo que me observan más - le respondo, molesto por su insistencia de mantener un inútil diálogo con mi adolorido hipotálamo con tal de mantener la sintonía televisiva.

-Ah, le salió el habla al Señorito, se le despertó la lengua a la Bella Durmiente - responde el General Carroña, con su mente disfuncional.

Miro el exterior por la ventanilla del bunker. El cielo estalla en bocanadas naranjas y rojas. Comienza a lloviznar. Un gran pájaro plateado sobrevuela la necrópolis, mientras una bandada de cóndores autóctonos, se disputan la carne agusanada de una cría de dromedario Andino.


-Señorito Dante, ¿porqué insiste en ser escritor clandestino... Usted sabe que ese oficio rebelde es considerado un acto subversivo en H2O.. y que los libros impresos están prohibidos constitucionalmente- volvió al ataque el General Carroña con su afilada lengua de navaja.

-Quiero escribir para transformar mi alma triste en un viajero de luz inmortal- respondo, tiernamente.

-Señorito Dante. Déjeme decirle que está más loco que una cabra... al parecer se le corrió una teja. Creo que le hará muy bien la estadía en el Corvo Andino. La dura exigencia militar hará que recobre el sano juicio. A los niñitos mimados como ustedes, tan frágiles, los uniformados debemos enseñarles a transformarse en hombres con temple de hierro- escupió su discurso emancipador, el General Carroña.

-¿Sano juicio? El que tenga sano juicio en este año 2100 que arroje el primer libro salvado de la hoguera. Este Imperio Sureño llamado H20 carece de juicio y sobre todo, de sanidad. Es un imperio cruel, egoísta, miserable, sin futuro- respondo, apasionadamente.

-Señorito Dante, debería agradecer pertenecer a la elite de familias pudientes pro-gobierno. El deber de nosotros los uniformados es mantener el orden y proteger a la nación de las hordas de harapientos incultos que pululan por las extensas tierras de la próspera nación tratando de usufructuar nuestro preciado oro blanco, los recursos hídricos de H20.

-Ustedes son los ideólogos de la injusticia social. Los inventores de la Revolución de la UF, los chef de la mal administrada torta del dinero y el dominio de los medios de comunicación. Con la TV, la Caja Idiota, han destruido la felicidad en este país.

-Señorito, Dante Alegría, no sea ingenuo: H20 es la Primera Potencia Mundial de la actualidad y eso...gracias al coraje de nuestro ejército sanguinario. Nos regimos por un sabio modelo neo-fascista, anti-ecológico, anti-cultural. Somos los elegidos del universo para gobernar a las mayorías inferiores.

Pertenezco a la generación del Coño Sur marcada por el acelerador de partículas, la clonación humana y el tráfico mundial de agua: la fuente liquida de la vida, el preciado oro blanco del 2100. Nunca lograr silenciar mi escritura: se avecina una gran revolución.

CONTINUARÁ...

Una perversa pasión hecha de ombligos

Para subyugar eróticamente a Celia Cienfuegos acaricio con lentitud los contornos aterciopelados de su ombligo, provocándole un goce profundo, recalcitrante. Celia expele aromas de fruta fresca tropical: mamey, guayaba, tamarindo. Pellizco la carne suturada y su cuerpo se estremece: el orificio de pliegues invertidos adquiere la apasionante estética rojiza de un carbón en llamas en manos de un fogonero. El tórrido desamor estimula al demonio depravado que cohabita en ella.

Celia desata los cordones de sus zapatillas y desenfunda los pies color petróleo. Desabrocha con ansiedad el botón del bluyín gastado. Frágil, se deprime, deseosa de materializar el amor vertical.
Le sugiero al oído que baje las revoluciones de la ansiedad y, lentamente, la ayudo a desnudarse sin complejos absurdos. Intransigente, abro la hebilla oxidada del grueso sostén checoslovaco heredado de su madre, vanguardia de la zafra de azúcar 2004 en los trabajos “voluntarios” del campo. Al desprender el pitusa adherido por el sudor a la piel caoba, me estremezco y caigo en aparente estado de shock con aquel baluarte digno de ser inmortalizado en un museo de cera: un diminuto calzón color huevo duro tejido a croché con fino hilo de mosquitero.

Cuarenta grados en La Habana. Pegajoso clima tropical-húmedo; los pájaros caen rostizados en los parques y nosotros sin ventilador: maldito período especial con su arbitraria política de racionamiento energético. El amor y la amistad en el infierno cubano sin luz: “¡La culpa de todo la tiene Fidel!”.

Observo con ojos de lupa a Celia: posee una bemba conformada por labios carnudos, iris café con leche, nariz grande y pelo malo, rizado. Sus pechos son pequeños y puntiagudos, rebosantes de promesas de amor que no se cumplen. Acerco mi nariz: la piel huele a jabón de lavanda y aquella agradable fragancia erotiza el ambiente con una melcocha fresca de mezquino interés. Le acicalo con ternura el ombligo y, como efecto dominó, Celia esgrime sonrisa de melón de agua con una hilera de dientes color marfil.

Soy un anatomista en éxtasis, un disidente latin lover que aborrece su patria y ama sus mujeres interpretando la sinfonía gusana en do bemol: la venganza seudoanarquista de los ombligos.
Como efecto de mis caricias focalizadas, Celia contrae con fuerza los músculos del estómago. La pionerita del placer aprisiona la yema de mi dedo índice, el anfitrión cálido de su morocha y anoréxica ratonera umbilical. El calor es agobiante, peor que el socialismo.

Debatimos temas lights: la lucha contra la pobreza, el combate al narcotráfico y la amenaza de los cambios climáticos globales en América Latina. Mientras Celia discursea, me pongo de pie, me asomo por la ventana y le ruego a la cubana y morena Virgen del Cobre que invoque a los vientos alisios. Observo un fenómeno natural maravilloso: el viaje en masa de las mariposas monarcas que han arribado a La Habana. Año a año, las mariposas monarcas migran de forma masiva desde el sudeste de Canadá hasta México, pero en este equinoccio una masa de aire caliente las obligó a atravesar el trópico de cáncer, la mitad del continente americano, hasta nuestra isla caribeña. Están aturdidas, con la brújula rota. El paisaje es dantesco: millones de mariposas deleitándonos con sus bellos colores apostadas en los bancos de las plazas, las copas de los árboles, los marcos de las ventanas: la pandemia naranja cubriéndolo todo a su paso. Las mariposas copulan con una necesidad imperiosa de reproducirse, esperando salir del capullo para emprender el regreso a casa.

Milagro: llega la luz eléctrica, va a hablar el Rey de la Isla en cadena nacional. Mi anfitriona prende la antigua tele en blanco y negro, donada por la generosidad de la ex Unión Soviética, que en paz descanse. Aparece el Patriarca y va directo al pódium, cojeando con su pie enyesado, apoyándose en los hombros de dos escoltas. El Potro traga saliva para ejecutar el discurso habitual de tres horas de duración. Tema de hoy: El balance de los logros anuales de la Revolución.

Intolerante, pongo cara de chicle derretido, le ordeno a Celia que le baje el sonido a la caja idiota y que de pasadita encienda, porfa, con urgencia el ventilador: no quiero morir deshidratado.
Desde el interior del cómodo departamento de Celia surge la refrescante brisa. Mis cabellos bailotean al son del aire condisoplado. Aprovecho a tazarle el culito africano a mi hembrita caribeña de clase acomodada: un culo burgués anatómicamente perfecto.

Celebro que el Fifo, mudo, nos mire desde dentro de la pantalla cómo hacemos el amor. Sublime: pertenecemos a las generaciones de recambio del régimen, somos parte de las cosquillas del futuro, orugas sin alas. Que el Gerente General mire todo lo que quiera con tal que no me hable nunca más: llevo casi medio siglo escuchando su demagogia inspirada en el cuento de Pedrito y el lobo: viene el imperialismo, viene el imperialismo, y nunca llega el mentado cuco. Y ahora que murió Superman, menos...

Celia vuelve a mi lado y se arroja desnuda sobre la cama dispuesta a concretizar el encuentro. Tiene veintiún años, es hija de un pincho, un alto jerarca del Comité Central, y su hobby es tirar. Toda familia progresista en Cuba cuenta con una ilustre hija ninfomaníaca.
Contemplo la escultural anatomía de la hijita de papá: irradia la bondad de una nena fogosa criada con la bendición del pan con jamón, manjar de unos pocos cubanos. ¡Vivan los orgasmos y la inconsciencia del proletariado! Tiernamente, presiono el núcleo madre enroscado en el laberinto de curvas naturales del ombligo de Celia. Por fin logro desdoblar el pliegue emisor y receptor de los orgasmos libertarios. Presiono el punto G y, mágicamente, fluye el devastador efecto sexual en ella. La dicotomía de su cuerpo cae en el precipicio de la libido de las tres S.A: sabor abajo, sabor arriba y sabroso al medio.

Poseído por mi papel de profanador de ombligos run service, ausculto el cordón umbilical hasta dar con el capullo de piedras preciosas. Desenrollo la espiral de la cosa esa llamada placer. ¡Coño, estoy sudando como puerco!; la humedad es inaguantable, a pesar de que por la ventana del departamento de Celia se cuela una leve brisa con olor a salmuera, aun las aspas giratorias del ruidoso ventilador luchan para entibiar la atmósfera. Escuchamos las olas reventar: el oleaje del Malecón está embravecido y quizá, por fin, se avecina un tsunami que destruirá de una vez por todas este país ya devastado por el bloqueo internacional.

Mirándonos a los ojos, nos sobresalta la sorpresiva detonación gástrica de un destartalado y prehistórico Chevrolet Coupé de los cincuenta: es la combustión de los gases que provoca la melaza de caña de azúcar que le ponen a los motores como aditivo mecánico para paliar la falta de aceite en el prehistórico mercado automotriz. ¡Viva la economía cerrada: nada que vender, nada que comprar! Pero millonarios en mariposas y monarcas.

Prosigo con la Rebelión de los ombligos a base de caricias, besos y masajes placenteros sin coito. Descorcho el tapón de las cosquillas uterinas y la Cienfuegos gime, descontroladamente, plena de descubrirse dueña de un juguete sexual capitalista con tan innumerables propiedades eróticas. Estoy paranoico, me siento espiado por los afiches rusos, amarillentos: los próceres Marx y Lenin colgados en la pared color rosa mexicano me miran, rancios. Los escucho gritar al unísono “gusano al paredón”, y me quedo absorto observando los labios resecos de ambos, radiantes de sectarismo popular.

El cuarto de Celia está plagado de productos de consumo dispuestos como adornos: envases de desodorantes Rexona y Adidas, pasta dentífrica Colgate, cajetillas de Marlboro y Viceroy rojos, todos vacíos. El pueblo cubano idolatra los productos prohibidos del enemigo, y exhibirlos en vitrina en el living es una forma de rendirles culto, presumiendo haberlos utilizado por lo menos una vez en la vida.

La mulatica me pide un Popular sin filtro para hacer un break echando humo; le digo que no tengo tabaco, ni rubio ni negro. Me dice que sin humo no puede ponerse a tono. Le digo que eso está por verse, que de la carencia surge el amor. Le prometo llevarla a un restaurant a comer ancas de ranas empanizadas si cumple con mis peticiones. El rostro de Celia se ilumina lengüeteándose los labios, le suenan las tripas: es la expresión proteica de sus jugos gástricos agradeciendo el interesante regalo culi-nario.

Celia calienta un conchito de café y en respetuoso silencio bebemos aquel brebaje de los dioses depositado en las diminutas tazas de porcelana marca Mao Tse-tung, donadas al general Cienfuegos por la desaparecida Republica Popular China.

Revivo la calentura gracias a la sobredosis de cafeína y continúo con el placentero arte de masajearle la aureola del ombligo. Celia, envuelta en endorfinas, clama que, a pesar de los problemas cotidianos de la vida que a veces la desorientan y la desesperan, está a punto. Suplica que la haga llegar a puerto, que tiene que partir a hacer la cola de la libreta , que hoy en el almacén reparten el pollo semestral y la caja de tropicolas, nuestra Coca-Cola made in Cuba. Le comunico que me importa un rábano y prosigo con mi plan perverso: unificar el fuego contra fuego del oscuro cordón umbilical de la chiquitica Cienfuegos.

Como preámbulo al epitafio erótico, inclino la cabeza depositando un húmedo beso en el orificio que delimita la mitad corpórea de esta ardiente gebita de papá mono militar. Celia gime, desgarrada, coge mi cabeza con fuerza, tratando de guiar mi boca hacia su sexo palpitante. Me niego y me concentro con las tocaciones eróticas del hueco exterior.

Con las contracciones orgásmicas en el año del gallo del horóscopo chino, aumentan los suspiros de Celia, los gemidos asmáticos, las palabras dulces y fogosas, rogando por enésima vez que la haga mía, de una vez por todas, de forma más tradicional. Celia sigue preocupada: la cola del pollo debe ser de dos cuadras, si es que ya no se esfumaron los soñados plumíferos. Amparado en la terquedad sicopática antisistémica, motivado por la fijación por los orificios externos, continúo con la sesión de digitopuntura haciendo vista gorda al fokin racionamiento estatal.

Cojo una mariposa monarca que revolotea en mi cabeza y se la pongo en el estómago a Celia. Las patas y alas membranosas del insecto le originan mágicas microcosquillas en el vientre. Exhausta por la irrigación sanguínea, sucumbe en caída libre al precipicio multiorgásmico de las caricias escudriñadoras del insecto alado canadiense. El sexo tembloroso se abre cual fruta jugosa, humedecida por la miel de la creación celestial. Celia cae en trance, en éxtasis, poseída por las garras malditas de la seducción larvaria.

En momentáneo reposo, la abnegada Celia me susurra al oído: “Papito, eres más grande que Fidel”. Miro, de reojo la pantalla de TV: el dios inmortal, eufórico, no cesa de salivar las palabras monolíticas de su discurso de cien hojas.

Celia agradece en voz alta la iniciativa de haberme invitado unos mojitos en la barra del Floridita. Ella trabaja como bailarina en el Tropicana y acostumbra a ligar hombres los días jueves para obtener sexo express. Odia las relaciones estables de pareja, no cree en el sexo; es más, lo rotula como la pandemia de los eyaculadores precoces de La Habana. Clama sentirse hasta la tusa de los latinos que en pleno siglo XXI aún consideran a las mujeres ‘cartucheras desechables' para guardar sus pistolones... a fulminantes.

Celia considera sublime el orgasmo recién experimentado. No logra entender cómo un desconocido y solitario bebedor de barra puede resucitarle el vientre con un simple juego lúdico sin realizar el coito. Jura incorporar su orificio nudoso como número uno en la lista del placer físico de su libertino cuerpo. La mariposa monarca vuela posándose sobre el ventilador: la muy arpía sufre de calor uterino.

Aburrido de la filosofía barata de Celia, determino hacerla explotar con una sobredosis autodestructiva de orgasmos. Manipulo con sádica maestría el núcleo del oasis y, automáticamente, los suspiros de Celia se transforman en un inmensurable suspiro a control remoto de niveles cuánticos inhumanos. Comienza a asfixiarse y su rostro palidece.

Celia ruega que me detenga, está extasiada hasta el tuétano, dueña de un delicioso volcán de lava adherido a sus ovarios; en su fuero interno, aunque se siente vulnerable, desea más intensidad. Asustada, intenta retirar mi dedo de su nudoso orificio. Vuelvo al ataque: con la maestría de un cruel relojero de ombligos, insistente, manipulo los pliegues activando la capacidad estetoscópica de aquel oscuro punto exterior de carne retorcida. Fluye el néctar genético de Adán y Eva desde las catacumbas tropicales de Celia. En segundos, revienta con la intensidad de la pirotecnia de los fuegos artificiales de Año Nuevo... en Miami.

Celia, envuelta en taquicardias orgásmicas, clama que a pesar de yo ser un contrarrevolucionario, igual me ama locamente, que soy el príncipe azul con el que ha soñado toda su vida: el macho que necesita para vivir sexualmente a gusto. Considero un cursi cliché sus palabras relamidas de autocomplacencia. La mariposa monarca es pulverizada por el ventilador eléctrico: la muerte con su inevitable destino.

Más de cuarenta grados a la sombra. Le anuncio que me voy. Celia esgrime una acartonada sonrisa angelical y, al instante, se pone a llorar frente al ruidoso ventilador que comienza súbitamente a detener el giro de sus aspas. Apagón de luz: el Partido Comunista bajó el switch ; ¿la razón?: han transcurrido las horas, el Número Uno finalizó el discurso y la masa anónima de trabajadores se retira desde la Plaza de la Revolución hacia las fábricas.

Celia me cuenta cosas de su familia alargando el elástico de la desinflada convivencia: su padre es un mujeriego que se la pasa en viajes internacionales representando al gobierno; su madre se suicidó despechada por los engaños de su esposo; el hermano mayor es médico cirujano y vive en el extranjero, está casado con una española.

-Mmmm -le respondo sin ganas de entrar en terapias domésticas; Fromm, Pavlov y Sigmund Freud pueden molestarse si respondo.

Celia me cuenta cosas de su vida: estudió en el exclusivo colegio Che Guevara; fue pionerita destacada de la Escuela Lenin; luego estuvo en Los Camilitos , pero no logró titularse. Con posterioridad, estudió actuación y modelaje en un exclusivo instituto para hijos del Comité Central. Ama las plumas, las luces y la noche. Se considera una joven bohemia y asegura que si no se ha ido de la isla es porque su familia tiene conciencia revolucionaria. Mientras habla observo con odio la fotografía apoyada en el velador. Aparece su padre, sonriente, vestido de militar con charreteras de general en misión especial en Angola.

La mierda mental comienza a arder desde las profundidades del alma. Le contesto que así es
refácil amar la patria teniendo todos los privilegios a los pies, mientras la gente común y corriente pasa hambre por el eterno período especial. Ella mira el techo haciendo como que no escucha mis críticas. Le cuento que antes de conocerla pasé una infinidad de noches en vela, bebiendo ron, caminando por las calles de La Habana entre jineteras y travestis, sufriendo por el destino cruel de mi pueblo. “En esta isla todo el mundo pasa por delante de las injusticias sociales sin decir nada”, le grito, enrabiado a tope.

Celia me responde que en los corruptos países capitalistas hay el triple de prostitutas y maricones que en la sagrada Revolución cubana. “Allá ellas si quieren comercializar sus cuerpos por los Yuma-dólares”, exclama, posesionada por la defensa irrestricta de la Madre Patria Socialista de los Barbones. Según Celia, toda cubana bien nacida tiene acceso gratuito a la educación, la medicina y la vivienda, y si se prostituyen es sólo por gimnasia sexual.
La miro con asco. Procedo a ensamblarme las piernas ortopédicas y me pongo de pie, apoyado en mis muletas.

-¡Coño, acere, monina, consorte, dime por lo menos tu nombre y a qué carajo te dedicas en la vida! -clama Celia, con voz de mujer sufriente.
Doy unas cortas zancadas, sin contestar.

-¡No seas cruel, chiquitico, no me botes, te amo! -me grita Celia, histérica, intentando manipularme emocionalmente.

Le digo que se calme, que no sea escandalosa. Doy unos pasos hacia la puerta. Se arroja sobre mí clavándome las uñas en el rostro. La empujo contra la pared, se golpea la nuca. Semiaturdida, Celia maúlla cual gata rabiosa: asemeja un animalito herido dispuesto a matar por amor.

-¡Tú y tus malditas recetas para culear por el ombligo con las mariposas monarcas incluidas. Se pueden ir al carajo: comemierda, paralítico malnacido, gusano, contrarrevolucionario; te voy a denunciar a los de Investigaciones para que te fusilen!- me grita con ojos ensangrentados.

Celia, descontrolada, comienza a golpearme con manos y pies. Me defiendo, forcejeamos y, finalmente, logro zafarme de los tentáculos de su pasión pulposa.

La Cienfuegos, desnuda, acaricia su idílico ombligo gritándome un sinnúmero de improperios motivada por el despecho de alcoba. Huyo raudo de la habitación. M e desplazo a zancadas por el pasillo del edificio. Bajo las escaleras. Los desgarradores gritos de Celia se diluyen, poco a poco, impregnando las paredes del cité con el recuerdo dulce de una perversa pasión hecha de ombligos.

Salgo a la calle y miro la plaza: un grupo de niños está aniquilando a tablazos a las indefensas mariposas, interrumpiéndoles su pacífico coito. Les grito que las dejen copular tranquilas y las crueles bestias liliputienses huyen despavoridas. Camino y llego a la conclusión del día: las mariposas son libres porque carecen de ombligos.

Segundo Lugar Mención Honrosa Concurso de Cuentos Eróticos Revista Caras 2005
© León Pascal

Rodillas peladas (cenizas de amor)

Me junté con Paolo Rodríguez en un Starbucks de Alonso de Córdoba. Pedimos unos cafés con amareto y ambos, nos instalamos en una agradable y solitaria mesa en la terraza. Paolo se veía angustiado, desesperado, deseaba pegarse un tiro. Le dije que se calmara, que contara hasta diez antes de vomitar su tragedia humana: la crónica del despecho.

Prendió un cigarrillo. Fumaba como un condenado a muerte. Se puso a llorar. Lo invité a desahogarse, a hacer catarsis, a fierro pelao. De su corazón salió una pus verde mal oliente. Se estaba volviendo loco: el amor de su vida, su esposa Dominique González, la madre inmaculada de sus tres hijos, la que amó y cuidó durante quince años, le rompió el corazón en mil pedazos. La González comenzó a salir sagradamente los miércoles a happy hours, supuestamente con su grupito de amigas inseparables. Paolo se quedaba con los niños, los acostaba y luego, se quedaba en vela esperando a su amada Dominique pasándose el rollo que podía sucederle algo a esas altas horas de la noche. Pensaba que podía chocar curada, ser a arrestada por la policía, ser violada: un insoportable caldo de cabeza mezclado con celos y dudas.

Dominique comenzó a apagar el celular y a llegar cada vez más de amanecida, completamente ebria. Se acostaba en la habitación de los niños para no enfrentar la cara de su esposo. Se volvió, fría, distante. Dejó de hacer el amor con Paolo, usaba a los niños chicos, metiéndolos en la cama como una pared china infranqueable contra su pobre y destruido marido: Paolo Rodríguez, mi ex compañero de universidad, el gran mujeriego, domesticado por una mujer doce años menor, el que se volvió fiel como nunca, ahora hecho pebre.

Vamos al meollo del asunto: un miércoles, a las ocho de la mañana, Paolo pilló a Dominique con las rodillas peladas, ensangrentadas. Ella llegó borracha, se puso el pijama y ahí la descubrió infraganti: con las pruebas del delito a la vista. Paolo la confrontó, pero ella, sin arrugarse, le dijo burdamente que se había caído en el suelo de su oficina días atrás. Rodríguez le encaró que esos eran pelones por ponerse a follar en cuatro patas a poto pelao sobre una alfombra, que era pleno invierno, que ella usaba pantalones, que en su oficina los suelos eran de mármol y que uno al caerse en el mármol se hace moretones morados y no pelones en las rodillas. Dominique, muda, desenmascarada, se durmió carente de argumentos.

Paolo decidió vengarse. Le anunció a su amada esposa Dominique que el próximo week-end, él se marchaba a tirar como un toro semental, que después de eso: “borrón y cuenta nueva”: que así quedarían “cero a cero”. Como venganza Paolo regresó también con las rodillas peladas. Fue imposible conciliar el caos: Dominique continuó emborrachándose, drogándose, acostándose con otros hombres de forma promiscua y descarada. Se endeudó con dos bancos reventando las tarjetas y un sin número de multitiendas por una suma millonaria. A parte de promiscua y mentirosa, era gastadora compulsiva. La vinieron a buscar los ratis para meterla presa. Paolo vendió su auto, la casa y el matrimonio se fue al carajo, quemándose a lo bonzo el proyecto de ser felices juntos. Algo se quebró irreparablemente: la perdida de la confianza, del respeto. Resumen: The End, la traición de Dominique pudrió el nidito de amor construido con compromiso, sudor y perseverancia.

Paolo Rodríguez terminó en la UTI de una clínica producto de un paro cardiaco: estuvo a punto de irse cortado. Dominique, “la mujer de su vida”, “la madre de sus hijos”, nunca se preocupó de él en lo más mínimo: no lo fue a socorrer y lo que es peor, no hizo el menor esfuerzo para intentar salvar el matrimonio. En un abrir y cerrar de ojos se llevó a vivir a uno de sus patas negras armando una vida nueva de pareja como si nada. Paolo clama con odio que nunca la va a perdonar, que lo dejó en la calle, solo, triste y derrotado, con lo puesto, repleto de deudas, hecho mierda. Yo le digo que no sea “imbécil”, que se grave con fuego en las neuronas que el amor es una “enfermedad terminal”, una fantasía desechable. Que hay que aprender a soltar las riendas. Que si la mujer amada vuelve a ti era tuya. Que siempre deben primar los recuerdos positivos. Que la vida tiene muchas vueltas. Que lo que importa no son las heridas de las rodillas de su ex esposa, son las cicatrices que le quedaran a ella eternamente impresas en el alma, como un recuerdo imborrable por romper la familia y el pacto de amor.

Le digo que haga el duelo de una vez por todas, que lama sus heridas, que el tiempo cicatriza el alma, lo regenera, que al caerse la costra del ego herido, uno vuelve a pararse y a ser un picaflor, Fornikeitor: el cazador de úteros. Le digo que nadie es de nadie, que uno nace solo y muere solo, que hay que ser egoísta y focalizarse en uno, que por donde pecas pagas, que uno conoce mucha gente, que uno abandona y es abandonado, que uno es de donde te lleven tus zapatos, que la traición y el odio son la gran característica de la naturaleza humana, que es penca reconocer que ya no te aman, que hay que volver a nacer de las cenizas como el Ave Fénix y reinventarse como Jesucristo, que dijo “voy y vuelvo” y resucitó. Blablablá: verborrea pura de cuarto enjuague. Lo último que faltaba: Kalamaky, el terapeuta del Zanjón de la Aguada, el iconoclasta inmortal predicando sobre las heridas y cicatrices del corazón.

No hubo caso con mi discurso adquirido con el kilometraje de un “sobreviviente” que viene de vuelta, en estas y otras materias. Paolo aun habla por la herida. La toxina del despecho lo domina. Dice que siente pena, dolor, rabia, odio, frustración, decepción. Que los recuerdos compartidos con Dominique, le queman los sentimientos. Pero lo que es peor: siente miedo, pavor. Cree que nunca más podrá enamorase y menos, confiar, nuevamente, en una mujer. Le digo que el olvido y el Alzaimer son la medicina para no quedarse pegado percé. Trato de conscientizarlo para que abandone de una vez por todas su obsesión y compulsión por alguien que ya no lo ama, si es que lo amó alguna vez. Su autolamentación lo domina, lo esclaviza, lo tienen hecho un mono con gillette.

Con más que traté de predicar el discurso evangelizador del perdón, la aceptación, la humildad, la bondad, no hubo caso. Paolo estaba demasiado envenenado por culpa del despecho. Dijo querer asesinar a Dominique. Se paró y se despidió. No lo vi nunca más. Dicen que se fue de Chile, que lo abandonó todo. ¡Que loco, Paolo perdió el sano juicio!. Bueno: “Donde fuego hubo, cenizas quedan”: cenizas de amor que queman la piel del ego, cuando la lealtad ha muerto para siempre.

Que no se te olvide

Cuando veas a una mujer llorar desgarradamente porque la relación llegó a su fin, prepárate a morir. Ellas sufren máximo un mes. Luego, ríen a pata suelta. Se compran ropa, van a la peluquería y se ponen a dieta. Para sanearse, en cada happy hour, bar, asado o fiesta, se comen al hombre que se les cruce por enfrente: si es que no lo hacían ya antes cuando estaban contigo. Que no se te olvide nunca: las mujeres nacieron con Licencia Vitalicia para Follar. Tienen la virtud cruel de transformar el dolor en orgasmos y nosotros en un cáncer terminal. Suicida: Antes de volarte los sesos por despecho, piensa en tu amada abriéndole las piernas al universo. Ten valor, cierra los ojos y jala del gatillo. Pobrecito Tu: si decides seguir adelante, deja de lamentarte como un perro, no pierdas el tiempo, obsesiónate de otra concha marina. Masoquista: Volverás al principio de un futuro y destructivo sufrimiento. Que no se te olvide: El dolor es circular y el amor nacalapiriznaca. No existe una medicina para calmar el monstruo que roe las entrañas llamado despecho. No sufras, solo recuerda con nostalgia los efluvios eléctricos de su vulva incandescente que algún día fue tuya. Y si no me crees, saca tus propias conclusiones, desgraciado hombre en pena...de amor.
Free counter and web stats