sábado, 3 de octubre de 2009

Rodillas peladas (cenizas de amor)

Me junté con Paolo Rodríguez en un Starbucks de Alonso de Córdoba. Pedimos unos cafés con amareto y ambos, nos instalamos en una agradable y solitaria mesa en la terraza. Paolo se veía angustiado, desesperado, deseaba pegarse un tiro. Le dije que se calmara, que contara hasta diez antes de vomitar su tragedia humana: la crónica del despecho.

Prendió un cigarrillo. Fumaba como un condenado a muerte. Se puso a llorar. Lo invité a desahogarse, a hacer catarsis, a fierro pelao. De su corazón salió una pus verde mal oliente. Se estaba volviendo loco: el amor de su vida, su esposa Dominique González, la madre inmaculada de sus tres hijos, la que amó y cuidó durante quince años, le rompió el corazón en mil pedazos. La González comenzó a salir sagradamente los miércoles a happy hours, supuestamente con su grupito de amigas inseparables. Paolo se quedaba con los niños, los acostaba y luego, se quedaba en vela esperando a su amada Dominique pasándose el rollo que podía sucederle algo a esas altas horas de la noche. Pensaba que podía chocar curada, ser a arrestada por la policía, ser violada: un insoportable caldo de cabeza mezclado con celos y dudas.

Dominique comenzó a apagar el celular y a llegar cada vez más de amanecida, completamente ebria. Se acostaba en la habitación de los niños para no enfrentar la cara de su esposo. Se volvió, fría, distante. Dejó de hacer el amor con Paolo, usaba a los niños chicos, metiéndolos en la cama como una pared china infranqueable contra su pobre y destruido marido: Paolo Rodríguez, mi ex compañero de universidad, el gran mujeriego, domesticado por una mujer doce años menor, el que se volvió fiel como nunca, ahora hecho pebre.

Vamos al meollo del asunto: un miércoles, a las ocho de la mañana, Paolo pilló a Dominique con las rodillas peladas, ensangrentadas. Ella llegó borracha, se puso el pijama y ahí la descubrió infraganti: con las pruebas del delito a la vista. Paolo la confrontó, pero ella, sin arrugarse, le dijo burdamente que se había caído en el suelo de su oficina días atrás. Rodríguez le encaró que esos eran pelones por ponerse a follar en cuatro patas a poto pelao sobre una alfombra, que era pleno invierno, que ella usaba pantalones, que en su oficina los suelos eran de mármol y que uno al caerse en el mármol se hace moretones morados y no pelones en las rodillas. Dominique, muda, desenmascarada, se durmió carente de argumentos.

Paolo decidió vengarse. Le anunció a su amada esposa Dominique que el próximo week-end, él se marchaba a tirar como un toro semental, que después de eso: “borrón y cuenta nueva”: que así quedarían “cero a cero”. Como venganza Paolo regresó también con las rodillas peladas. Fue imposible conciliar el caos: Dominique continuó emborrachándose, drogándose, acostándose con otros hombres de forma promiscua y descarada. Se endeudó con dos bancos reventando las tarjetas y un sin número de multitiendas por una suma millonaria. A parte de promiscua y mentirosa, era gastadora compulsiva. La vinieron a buscar los ratis para meterla presa. Paolo vendió su auto, la casa y el matrimonio se fue al carajo, quemándose a lo bonzo el proyecto de ser felices juntos. Algo se quebró irreparablemente: la perdida de la confianza, del respeto. Resumen: The End, la traición de Dominique pudrió el nidito de amor construido con compromiso, sudor y perseverancia.

Paolo Rodríguez terminó en la UTI de una clínica producto de un paro cardiaco: estuvo a punto de irse cortado. Dominique, “la mujer de su vida”, “la madre de sus hijos”, nunca se preocupó de él en lo más mínimo: no lo fue a socorrer y lo que es peor, no hizo el menor esfuerzo para intentar salvar el matrimonio. En un abrir y cerrar de ojos se llevó a vivir a uno de sus patas negras armando una vida nueva de pareja como si nada. Paolo clama con odio que nunca la va a perdonar, que lo dejó en la calle, solo, triste y derrotado, con lo puesto, repleto de deudas, hecho mierda. Yo le digo que no sea “imbécil”, que se grave con fuego en las neuronas que el amor es una “enfermedad terminal”, una fantasía desechable. Que hay que aprender a soltar las riendas. Que si la mujer amada vuelve a ti era tuya. Que siempre deben primar los recuerdos positivos. Que la vida tiene muchas vueltas. Que lo que importa no son las heridas de las rodillas de su ex esposa, son las cicatrices que le quedaran a ella eternamente impresas en el alma, como un recuerdo imborrable por romper la familia y el pacto de amor.

Le digo que haga el duelo de una vez por todas, que lama sus heridas, que el tiempo cicatriza el alma, lo regenera, que al caerse la costra del ego herido, uno vuelve a pararse y a ser un picaflor, Fornikeitor: el cazador de úteros. Le digo que nadie es de nadie, que uno nace solo y muere solo, que hay que ser egoísta y focalizarse en uno, que por donde pecas pagas, que uno conoce mucha gente, que uno abandona y es abandonado, que uno es de donde te lleven tus zapatos, que la traición y el odio son la gran característica de la naturaleza humana, que es penca reconocer que ya no te aman, que hay que volver a nacer de las cenizas como el Ave Fénix y reinventarse como Jesucristo, que dijo “voy y vuelvo” y resucitó. Blablablá: verborrea pura de cuarto enjuague. Lo último que faltaba: Kalamaky, el terapeuta del Zanjón de la Aguada, el iconoclasta inmortal predicando sobre las heridas y cicatrices del corazón.

No hubo caso con mi discurso adquirido con el kilometraje de un “sobreviviente” que viene de vuelta, en estas y otras materias. Paolo aun habla por la herida. La toxina del despecho lo domina. Dice que siente pena, dolor, rabia, odio, frustración, decepción. Que los recuerdos compartidos con Dominique, le queman los sentimientos. Pero lo que es peor: siente miedo, pavor. Cree que nunca más podrá enamorase y menos, confiar, nuevamente, en una mujer. Le digo que el olvido y el Alzaimer son la medicina para no quedarse pegado percé. Trato de conscientizarlo para que abandone de una vez por todas su obsesión y compulsión por alguien que ya no lo ama, si es que lo amó alguna vez. Su autolamentación lo domina, lo esclaviza, lo tienen hecho un mono con gillette.

Con más que traté de predicar el discurso evangelizador del perdón, la aceptación, la humildad, la bondad, no hubo caso. Paolo estaba demasiado envenenado por culpa del despecho. Dijo querer asesinar a Dominique. Se paró y se despidió. No lo vi nunca más. Dicen que se fue de Chile, que lo abandonó todo. ¡Que loco, Paolo perdió el sano juicio!. Bueno: “Donde fuego hubo, cenizas quedan”: cenizas de amor que queman la piel del ego, cuando la lealtad ha muerto para siempre.

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