lunes, 21 de junio de 2010

Ovarios de Fuego




Weona, no me vaí a creer lo que me pasó en el Alto de Las Condes. ¡Me topé con Juan Carlos Stevenson, mi primer amor, después de diez años, galla! Maca, yo iba subiendo al tercer nivel, por la escalera mecánica, cuando siento que me abrazan por atrás. Luego, una gruesa mano se apoyó en mi guata y el dueño, me dice al oído, con voz hot: “¡no he podido olvidarte, Ovarios de Fuego!”. Me puse pálida, quedé muda. Me di vuelta. Era el Juani Stevenson. Me puse roja, como salsa de tomate, por culpa de su piropo. Fue una mezcla poética, cursi, casi flayte, pero sugestiva. El tiempo transcurrido en la escalera, “con él”, pegándome el paquete en el poto, se me hizo una grata eternidad. Desgraciadamente, saltamos al pasillo. Nos dimos vuelta. Me abrazó de frente, con sus musculosos biceps, triceps. Me dio un beso cuneteado en la comisura de la boca. Casi me derrito, galla. ¡Está más rico que nunca! Nos fuimos a tomar un café. Es un publicista exitoso: trabaja en una empresa americana top. Eso si, lo único malo es que está casado y tiene una hijita. Nos bebimos el café con unas ganas de darnos como caja. Me anotó su celular en una servilleta y se fue. No sé si volver a verlo: la tentación de la carne puede ser demasiada dolorosa si revivimos los fantasmas del pasado. Aunque, por mi lado, ya superé toda la mala onda que pasó entre nosotros.

¡Imagínate, Maca, encontrarte con el amor de “la primera vez”. Con el hombre con el que perdiste la virginidad. Con el tipo con el que te embarcaste en el amor ciego, sin retorno, de forma enfermiza, con locura obsesiva. Maldita calentura: crónica, incurable, progresiva y mortal. No es un tema menor: es como el primer beso, jamás se olvida. Weona, pídete otros dos pisco sour, pero no tan cabezones, estoy media curadita. Esta historia tiene pa’largo. Me tenís que prestar tus orejas. Perra, déjate de observar tan coquetamente a esos minos que están instalados en la barra. Ya caché que nos miran con ojos de buitre, se creen bacanes. Están más calientes que hervidor eléctrico. Chao, no pesquís, weona, que lo que te voy a contar es el climax de mi despecho. Que nos espere El Liguria con su lujuria. La noche recién comienza.

Maca, yo tenía quince años y Juan Carlos, veinte, cuando nos enamoramos, profundamente. Era el chico más guapo, sexy y deseado del ambiente fiestero, donde circulaba con mis amiguis. El flechazo fue instantáneo. Bailamos toda la noche. Me besó en la boca metiéndome su lengua hasta las amígdalas. Atracamos sin parar. Me pidió pololeo, de una. Me pegó un fuego en la boca. Se apoderó de mi cuerpo, el arma más mortífera de la adolescencia: el crepúsculo de la revolución sexual, el despertar de la pubertad. Juan Carlos, introducía sus grandes manos calientes, abriéndose camino entre mi mata de pelos. Me frotaba el clítoris, magistralmente, como un gurú. Me metía el dedo en la vagina con pasión animal. Me masturbaba, haciéndome acabar, mojándome, desatando el libido de mis hormonas rebeldes. Yo le provocaba una enorme inflamación en sus pantalones, acompañado del estallido inevitable en sus calzoncillos. Se propuso arrancarme la flor anidada en mi entrepierna, cuidada tan sigilosamente por mis padres, cartuchos, mojigatos, conservadores.

Weona, al mes de pololear con él, después de tantas predicas y ruegos, decidí dejarlo que “rompiera la piñata” y se anotara una medalla en su ego de macho conquistador. Para ese inolvidable momento, me puse mis bellos y más amados calzones con corazoncitos: mis preferidos. Vos cachai, Maca, para perder la virginidad, hay que producirse, hay que llevar puesta la ropa interior que uno más ama. Me vestí putonamente, con una minifalda cortísima, un peto verde limón sin sostenes y chalas. Fue un weekend, en su departamento, sus papás estaban en la playa. Me desnudó. Me lamió hasta hacerme terminar en su boca. Se puso un condón. Se subió arriba mío. Me lo metió, suavemente, taladrándome las tripas con su enorme pene erecto. ¡Me dolió más que la cresta, weona! Sentí que algo se desgarraba en mi interior. Un río tibio de sangre escurrió a través de mis piernas. Me puse a llorar, no se si por dolor, por culpabilidad o de pura felicidad. Juan Carlos bramaba como un toro semental montado sobre mi, repleto de sudor, como un caballo de carreras, desquiciado al profanar mi inocencia. Eyaculó, abundantemente, entre gemidos guturales. Tuve mi primer e intenso orgasmo, clavándole las uñas en la espalda. Me sumergí en un remolido de placer, en una espiral de cosquillas y arco iris de colores: delicioso, sublime, inolvidable. Después de echarme tres polvos seguidos, el Juani, me dijo al oído: “Ovarios de Fuego”. Nunca se me olvidó ese apodo.

Cuando nos vestimos, nos percatamos que en su sábana blanca había quedado una perfecta mancha-roja-redonda. Una obra artística. Juan Carlos, sacó la sábana, buscó unas tijeras y recortó un cuadrado blanco con el circulo rojo al medio, como si tratara de la bandera de Japón. La colgó en su pared, en la cabecera de su cama. Eso en vez de provocarme pudor, vergüenza, lo encontré romántico, creativo, jugado de su parte. Me dijo que esa mancha de amor era el pergamino, el recordatorio del tesoro inolvidable que le había regalado: mi cuidada virginidad.

Al dejar de ser virgen, me obsesioné. Vos cachaí, Maca, me brotó la calentura desatada de la mina cachera, al mutar de niña a mujer fértil. Cuando una prueba el loly, ya no lo puede dejar: es peor que el cigarrillo. Weona, una se vuelve adicta al pico, esclava:¡ Es que es tan rica la weá! Una con el prepucio adentro, se siente como perro con cola nueva, como niño con jueguete recién regalado. Hay un antes y un después del pico. Pero, sigo: con Juan Carlos, follábamos todo el santo día, en todas partes y en todas las posiciones imaginable. No te riá, maricona, no te hagaí la cartucha: vos eres como gaviota para la tripa con el fukin-fukin.

Maca, el tema es que –esta parte no se la he contado a nadie-bueno, de tanto tirar con Juan Carlos, al muy pavo se le rompió el condón: me dejó embarazada, weona. Hace diez años atrás, no existía la “Píldora del Día Después”. Casi me muero, pensé hasta en suicidarme. Cuando le conté, Juan Carlos se enojó, me gritó, me pegó una cachetada. Me convenció para que abortara. Se consiguió la plata y me llevó a una clínica clandestina de abortos. Me hicieron un raspaje. Me sentí moralmente una asesina. Odié a Juan Carlos, lo pateé. Decidí no verlo más. Quedó súper cagado. Se enganchó en las drogas y el copete. Rayó la papá, heavy. Su familia, lo mandó a estudiar a Estados Unidos. Caí en una profunda depresión endógena de tres años. A raíz de esta experiencia de despecho, decidí hacer sufrir a los minos: seducirlos, enamorarlos y patearlos. Me volví una perversa. Jodí psicológicamente a una docena de potros chúcaros.

Pero, bueno, Maca: la vida tiene que seguir y la fiesta también. Gracias por escucharme: me desahogué caleta. Ahora pidamos otra ronda de pisco sour, pero bien cargaditos. Tanto hablar del pasado, me puso caliente. Perrita linda: llegó el momento de engrupirnos a los minos califas de la barra. Oye, Maca: “si cobráramos por todos los polvos que nos hemos echado: ¡seriamos súper millonarias! Nunca es tarde para volverse una puta profesional, te lo dice tu amiga: Ovarios de Fuego”. Jaja.

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